¿Quién quiere seguir viviendo con la convicción de que su sentir es el único y verdadero?
¿Quién, todavía, a pesar de los años vividos, continúa pensando que los lugares donde ha vivido, cuantos más mejor, son señal de que ¨ha vivido¨?
Más, no se trata de cuánto más se sabe, cuánto más se vive en tierras lejanas….
Se trata de aprender sobre uno mismo a través de lo que va descubriendo. Se trata de hacer balance y recordar con honestidad si crecimos espiritualmente, si nos hicimos más fuertes, más valientes, más honestos, más condescendientes con los demás; si aprendimos de ellos, si los escuchamos durante largas noches a la luz de una vela.
Si, descubriendo cuanto nos rodeaba, nos descubríamos a nosotros mismos,
dejando caer los velos, las ataduras, las costumbres no constructivas.
Viajar…. viajamos en mundos y submundos, viajamos hacia las alturas y los abismos, llevando el corazón repleto de sensaciones. Este corazón que alberga todo aquello que nosotros elegimos. Aprendimos a luchar por aquello que surgía maravillosamente de nuestra alma, y sabíamos que era evidente, que dejandolo asomar al final nos cubriría con destellos de Amor. Conoceríamos la sonrisa detrás del espejo, la sonrisa sobre nuestras cabezas, la sonrisa del corazón a través de una mirada serena.
El fardo que a cuestas llevamos se convirtió en destellos como los tienen las piedras preciosas, talladas con esmero y sabiduría. El viaje tuvo un significado poderoso.
Y cuando uno viaja a tierras lejanas no está más que viajando al centro de su propio corazón. Lo mismo ocurre con el hombre que vive siempre en el mismo lugar: su corazón está en cambio constante, y en las hojas de los árboles ve aquello que otros, a pesar de caminar por senderos interminables nunca podrán discernir.
Nunca es tarde para viajar al centro de tu corazón.
Maryam




